lunes, mayo 04, 2009

Los peregrinos de la basura

orilla lacustre en santa rosa de agua. parroquia coquivacoa.
municipio maracaibo. estado zulia.

Lenín Parra, amigo y aliado de la biología que se comparte con la gente, esta mañana nublada de mayo me acerca un calendario de propuestas de reciclaje para nuestra sede universitaria, la de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Veo que ya para este 17 de mayo de 2009 aparece en la cuadrícula: Día del Reciclaje.

Tantas veces polemizado, tantas veces verguenza de estas urbes que habitamos, la "basura" debe asumirse desde otro enfoque. Escuché una vez: "la basura es una decisión política". Es decir, aclaro para los confundidos, decidimos, escogemos desde nuestras percepciones particulares de mundo, de vida qué reusamos y qué mandamos al olvido de la cesta de basura.

Escuché también del gran problema que implantó la estrategia publicitaria del siglo XX venezolano: Apúntale a la cesta!!! en virtud de que nos libraba de toda responsabilidad sobre la basura que generamos en colectivo y nos creaba la sensación, vana sensación, de que eramos buenos ciudadanos si improvisábamos unos lances a la cesta de la basura.

durante la década de los ochenta del siglo XX esta imagen en Venezuela pretendió erigirse como la solución al problema de la basura.

En oportunidades me ha asombrado hasta el llanto reflexivo la capacidad creativa del humano ser para retomar acciones que no generen tanto desecho innecesario. Me desafía fogonazo la posibilidad de ver crecer muy pronto plantas de tomates en mi balcón de apartamento clase media, por sólo mencionar un rubro pues de plantas medicinales ya tuve el placer de experimentar la bondad botánica.

Hasta ahora solo un agave del Departamento de Cundinamarca, Colombia, me acompaña en el balcón. Del Jardín Botánico de esa ciudad pensada y terrible, dolida y culta viene el agave.

Viajo en buses y autobuses y gran parte de la tracción que me moviliza parte de los latidos del corazón puño que bombea en sístoles y diástoles. Un día vendrá el automóvil para pasear y montaré a un viaje de almas para no corromperme en soledad, en burbuja de confort.

Hemos trabajado propuestas para construir libros de cartón corrugado, para educar y asombrar en la ecología profunda, sencillita, diáfana, directa al alma. Saberes de Nuestra América que nos aleccionaron e inspiraron a tomar "cartas en el asunto"; sin embargo aún vemos envuelta, por ahora, a muchas ciudades de este país y este continente en celofanes y latones, en agites y consumos non gratos.

Y toca decirlo: Yo te desnudo oropel capital, afán de lucro, consumo voraz!!!

Yo siento que el texto que tomo a continuación del diario Panorama, periódico local tantas veces aliado y adversario (contradicciones de esta vida interesante y desafiante) bien vale una lectura respirada para insistir en lo pendiente, para asumir lo que corresponda: Sembrar, Caminar, Sentir, Reciclar, Reutilizar este amasijo de dolores y temas pendientes y mutarlos, tornarlos en maravilla que aleccione y de placer y gozo en la cotidianidad.

De cuando en cuando y a lo lejos hay que darse un baño de tumba. A veces es necesario darse un baño de tumba, dice el inmenso poeta de Chile y del mundo azul, Pablo Neruda. Creo en ello. Amo desde esta convicción.

Aquí el texto de Mélida Rosa Briceño, la que se bañó de peregrina de la basura, ella que a 20 minutos de la ciudad petrolera que mentan Maracaibo, desde el "relleno sanitario" supo enhebrar frases para denunciar aquello que leerán ya.


cartón corrugado: material para la creación.

...

Los peregrinos de la basura

Texto: Mélida Rosa Briceño

Una periodista de PANORAMA trabajó durante cinco días en el relleno sanitario de Maracaibo, ubicado en el municipio Jesús Enrique Lossada, para retratar cómo sobreviven entre la basura más de 800 personas. Conozca la historia.

Corremos atropelladamente entre la espesa montaña de basura para buscar botellas, trapos, cartones y comida. Casi no dejamos que el camión descargue sus cinco toneladas y ya estamos asomados arrebatando las bolsas, escarbando como zamuros entre la mortecina.

A mi lado, los perros con sarna, los chivos, los burros y las garzas blancas ya domesticadas, compiten por alimentarse de los desechos.

Más allá del sumidero, a unos 20 minutos, está situada Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela. Donde un millón y medio de habitantes desarrollan su vida cotidiana, ajenos a lo que ocurre en La Ciénaga, municipio Jesús Enrique Lossada. Allí, cerca de 800 seres humanos, los peregrinos de la basura, bordean el filo de la vida. Agonizan pensando que ésto es todo cuanto merecen.

Su visión del mundo se centra en estas 110 hectáreas repletas de desechos, desde hace 30 años. Van y vienen resignados. Es como un campo de concentración donde nadie quisiera estar. Ahí van a parar unas 280 toneladas de basura diarias que generan los habitantes de La Concepción y Maracaibo.

Tres operadores de máquinas aplanan la montaña segundo a segundo y aún así, crece y crece. Los peregrinos del basurero caminan detrás de esta aplanadora hurgando el suelo para avistar —más allá de lo que siempre recogen—, un anillo de oro, una cadena o dinero, como ocurre frecuentemente. Entonces, si encuentran alguno de esos tesoros, se lanzan hacia él y, en un segundo, se levantan con el botín en sus manos.

Mi adaptación a este lugar no fue muy compleja. Ingresé el jueves 2 de abril, a las 8:00 de la mañana. A lo lejos, a unos 300 metros, mientras escalaba con paso ligero hacia el alto y tupido vertedero, observaba un tumulto de personas, como un tapiz abigarrado. Así lo hice todas las mañanas, durante cinco días seguidos. Mi ropa era acorde con el trabajo. Desarrapada, sucia, botas de caucho, un trozo de tela para protegerme del polvillo, guantes, una botella de agua y un rostro desesperado.

¿A quién buscáis?, preguntan casi al unísono varios hombres cuando llego por primera vez. —Necesito trabajo—, les contesto. Inmediatamente llaman a dos de sus líderes, uno es Julio y el otro José. No me observan, en realidad me examinan de arriba a abajo. Julio, de unos 50 años, me abruma con preguntas ¿Pero qué tipo de trabajo andáis buscando?, ¿cómo te llamáis?, ¿dónde vivís? Le respondo con determinación: Quiero trabajar con ustedes recolectando algunas cosas que pueda vender aquí mismo, me llamo Rosa y vivo en Los Ángeles, un sector cercano.

Mi objetivo de reportera es claro, estar en la piel de una mujer llamada Rosa y vivir una semana como una más de los peregrinos de la basura. Me interno en este abismo para retratarlo tal cual, desde los ojos de quienes lo padecen. No han pasado quince minutos de mi llegada y ya tengo un saco sobre mis espaldas y las primeras instrucciones para empezar.

José me presenta a Aníbal, quien será uno de mis ángeles de la guarda durante esta experiencia. Es wayuu, de ojos color marrón, piel oscura ajada por el sol. Tiene 38 años y es todo un veterano de estas batallas. Me dice que recoja lo que pueda. “Las latas de aluminio valen más, pagan el kilo a 1,5 bolívares, pero empieza con botellas y trapos. Cuando termines, aquí mismo hay unos señores que nos compran por kilos. No pares para que te rinda”.

Sus consejos son diamantes para mis días en el basurero. “Cuando lleguen los camiones tienes que correr, brincarle y pensar que traen oro. Rompes las bolsas rápido y buscas lo que sea. Trata de reunir todo lo que puedas para que hagas el día, después te acostumbrarás. No es fácil Rosa, pero tienes que hacerlo si piensas quedarte aquí mucho tiempo”.

Aníbal me abriga con sus detalles. Le da confianza a mi estadía. Me obsequia los mejores pantalones y cuanta prenda bonita encuentra, en sus manos tiene con frecuencia un jugo de limón listo para mí. No lo siento en plan de conquista, sino más bien de protector. Aunque él insiste: “Hay otros trabajos, en casas de familias que no son tan feos como éste. Si fueras mi esposa, no dejaría que trabajaras aquí”.

La mañana transcurre y yo recojo botellas, trapos y papeles, tal como me aconseja Aníbal. Al mediodía, el aire es pétreo, inmóvil. Aún así, los peregrinos de la basura no andan con remilgos para seguir escarbando entre los desechos. Hay unos cuantos sacos que llenar, barrigas que alimentar. ¡Esta gente tiene una capacidad extraordinaria de aguante!

El trajín me acosa, llevo tres horas seguidas sin descansar y un saco y medio de botellas sobre mis espaldas. Me detengo un momento a reposar. Me siento debajo de las sombrillas de los guaraperos que venden jugos. Tomo agua, me limpio el sudor, pero el olor nauseabundo de la basura de todos los días, y del cúmulo de 30 años, me aturde. Se mete hasta mis huesos. Hace que mi estómago se remueva y chille de dolor.

Tras el descanso, vuelvo al campo de guerra.

Ese sacrificio que yo experimento tal vez es el mismo que ellos padecen, sin darse cuenta, en busca de una escasa compensación. Los pagos que hacen los chatarreros, que llegan en sus camiones 350 por los desechos clasificados son miserables. “Aquí, el que más dinero hace llega a 20 o 30 bolívares fuertes diarios”, me cuenta uno de los trabajadores, a quien apodan “El Lobo” y lleva apenas cuatro meses en el vertedero.

Para evitar esos pagos ínfimos hay quienes prefieren vender su mercancía por fuera. “Yo no regalo mi trabajo aquí. Son unos ladrones y se aprovechan de la gente. El aluminio me lo pagan en otro lado a 2,5 bolívares el kilo y hay lugares que lo pagan más caro. Son muy vivos, hasta dañan los pesos (balanzas) para pagar menos”, me cuenta otro José, un muchacho de rostro pasmado.

Pero el problema es que sólo los que tienen burro carretillero o bicicleta pueden cargar sus bolsas de desechos a otro lado. Se van a La Concepción o a El Samide, sectores que están a unos 20 minutos, donde encuentran compradores que pagan a mejor precio.

La jornada entre la espesa montaña de basura no tiene horario. En el relleno hay movimiento las 24 horas del día y no faltan grupos que pernoctan allí. Se dedican a recolectar en pequeños sacos, cartones, vidrio, ropa y hojas de papel que ellos llaman archivo.

En sacos más grandes buscan bolsas de plástico que luego venden a los chatarreros que parecen vampiros hambrientos con sus balanzas descompuestas para mal pesar y sus escasos bolívares para pagar.

Con el dinero que reciben, los peregrinos de la basura se alimentan en medio de la jornada. Le compran a los vendedores que llevan comida en las bicicletas con carruchas. Hay arepas para el desayuno en 1,5 bolívares, almuerzos en 5 bolívares, jugos a un bolívar y agua con hielo en 50 céntimos.

Dos mujeres se dedican a preparar hervidos que venden a 5 bolívares. Ellas caminan encima de las bolsas repletas de comida podrida, sobre miles de gusanos, desechos de hospitales, trapos sangrientos, perros muertos y vísceras de pollo, provenientes de las industrias polleras. Esos residuos son la vendimia del día que le dará sabor a las sopas.

Las vendedoras de hervidos, al igual que las otras mujeres, hombres, niños y ancianos están ya inmunizados ante tanta calamidad. No reaccionan frente a un sol que los abrasa sin piedad, ni tampoco les preocupa el enjambre de moscas, voraces y pesadas que los asedian y se posan sobre sus labios y párpados.

Yo me pregunto, mientras los contemplo, ¿Qué pasa por sus cabezas?, ¿sueñan?, ¿hacen planes? ¿se irán algún día de aquí? Difícil saberlo.

Este oficio se ha convertido en una herencia impuesta para los más pequeños. Todos ellos vienen de una cadena ancestral de trabajadores del relleno: abuelos, padres y nietos. Sin duda, es un patrón de vida, como si llevaran ya la basura en sus genes.

A inicios del año pasado el Gobierno nacional, a través de la Alcaldía de Maracaibo, rescató a 34 de ellos para insertarlos al sistema educativo. Pero no fue suficiente.

Llego a contar hasta 15 niños, entre hembras y varones. Nueve de ellos tienen entre seis y ocho años y los otros van de 10 a 12 años. Juegan entre bolsas, cauchos y pedazos de colchón con juguetes rotos que encuentran, arman casitas de cartón y eso para ellos es el “gran parque de diversiones”. Se han vuelto ágiles escarbando entre los desechos.

De manera muy discreta les preguntó si van a la escuela, sonríen con recelo y responden: “No vale la pena estudiar, aquí ganamos dinero”. La mayoría de ellos no sabe leer.

Junto a los niños también hay mujeres embarazadas. Unas venden guarapo de limón y otras buscan desechos. Dos de ellas, andan por ahí, entre gusanos, casi descalzas, con las piernas llenas de mugre y con sus barrigas a punto de estallar. Aún así, suben una cuesta de 300 metros para llegar al vertedero. Van a pie y cargan sacos con 50 kilos. Veo cómo se les remueven las criaturas en el vientre cuando el sol arde.

El 80% de los peregrinos de la basura son indígenas, wayuu y paraujano. Otro grupo menos numeroso es el de los colombianos. Casi todos residen en los barrios aledaños como Chicho Troconis, El Pendal y La Ciénaga. Son invasiones que también se han apoderado de los terrenos del vertedero. Los ranchos son de latas de zinc, estrechos, sin electricidad ni servicio de agua, que compran a los camiones cisterna que pasan de cuando en cuando. La pobreza arde en cada familia como la esfera incandescente del sol zuliano de mediodía.

No poseen bienes. Lo más lujoso que pueden tener es una bicicleta, y éso ya es una fortuna. María, una de ellas, me pregunta si tengo nevera. Digo que sí. Vociferan: ‘‘Viste que la alijuna tiene nevera’. ¿En serio?”, me preguntan una y otra vez.

Me sorprende su insistencia al preguntar por la nevera porque no son muy conversadores. Cuesta lograr unas palabras con ellos y ellas, tanto que me miran sorprendidos cuando hablo más de la cuenta.

En los instantes de reposo, José, uno de los veteranos que me recibió cuando llegué, se confiesa conmigo. Me cuenta que estaba muy pequeño cuando su padre lo llevó de la mano al basurero. Toda su vida la ha pasado en ese lugar. José es noble y de semblante apacible, colabora echando unas cuantas botellas en mi saco y se extraña cuando un ¡Gracias! me delata. Pues casi nadie sabe de modales, aunque eso no los hace menos atentos.

Mientras recojo botellas, Josefina, la abeja que más trabaja en este panal de la basura, camina a mi lado. Parece muda. Las huellas del dolor permanecen en su rostro, el sudor bordea sus párpados y ella lo aparta con su guante mugroso para seguir. Insiste en no descansar, casi no levanta la mirada. Recoge bolsas en un saco gigante. Hace entre 80 y 90 bolívares todos los días. Es la primera que llega y una de las últimas en irse.

Ella es colombiana y desde que enviudó trabaja sin descanso para sus cinco hijos. Lleva la camisa empapada, el pelo apelmazado, pareciera que no cesan de atormentarla la sed, el tedio y la sensación de que el tiempo corre y no puede descansar porque debe llevar el dinero a casa.

Una de las amigas de Josefina es Ángela, morena de contextura gruesa. Tiene unos 60 años y es una de las pioneras del relleno. Llegó allí a principio de 1978. “Ya no busco entre la basura, ahora vengo a buscar comida para los cochinos y a comprar envases de talco para revenderlos a las fábricas de Borocanfor, uno los paga aquí en 60 céntimos y allá los vendemos a 1,2 bolívares. Los vuelven a llenar para la venta”.

Ella, a diferencia de la mayoría, quiere contármelo todo. “Cuando se mete la época de lluvia es terrible, se nos hunden los cuerpos, muchos se enferman y aún así vienen a trabajar. También he visto varios fetos entre la basura y hasta partes humanas”.

Ángela recuerda un terrible episodio en donde vieron cómo las llamas arrasaban con todo. “La candela tomaba fuerza desde adentro de la basura por la cantidad de gases acumulados. No pudimos hacer nada para salvar a los burritos carretilleros ni a los chivitos, se quemaron en medio de ese desastre, éso fue muy triste”.

Aquí no hay ningún tipo de protección sanitaria. Apenas los maquinistas usan una mascarilla y un casco. De resto, todos están expuestos a cualquier tipo de infección. Durante cinco días que estuve allí no vi funcionarios inspeccionando el lugar. Las normas de seguridad tampoco están establecidas. En la entrada sólo se encargan de pesar la basura.

Un proyecto de saneamiento, reorganización y clasificación de los desechos es la promesa para el relleno desde hace ya cinco años. En la última visita que hizo la ministra de Ambiente, Yuvirí Ortega, el pasado 21 de agosto, anunció que para noviembre, o a más tardar diciembre del 2008, culminarían las fosas impermeables y las lagunas de líquidos orgánicos, donde se exponen al aire libre más de 2 mil toneladas de desechos al día.

En esa oportunidad, la titular se comprometió, no sólo a restituir el sistema de fosas —en desuso desde hace diez años—, sino en dar asistencia a las personas que viven de la actividad y a los pobladores adyacentes. “Me comprometí con ellos porque dicen que ya están cansados de censos”, declaró la ministra ese día. Pero esa promesa no se ha cumplido.

Los trabajadores tienen algunas expectativas al respecto. “Por ahí escuché que nos van a censar cuando nos mudemos para la fosa que están construyendo, y que nos darán uniformes y todo eso que no tenemos para protegernos de las infecciones”, dice Ángela.

Pero mientras ese día llega seguirán confinados a esta realidad. La Alcaldía de Maracaibo, que maneja el relleno, tampoco responde a sus necesidades. Sometidos a escarbar y escarbar entre los desechos todos los días. Esperando siempre la llegada del mediodía, que es la hora en que la basura se vuelve dinero. Entonces, cuando el reloj marca las 12:00, yo me apresuro a salir antes que los demás. Quiero saber cuánto dinero me darán por tres sacos de botellas y uno de trapos que logro recoger el primer día.

Ahí llega Alejandro, el comprador de vidrios, un muchacho moreno que aparenta unos 30 años. Es tosco y me mira con malicia. Apenas cuenta las botellas, cada una cuesta 3 céntimos, por todo me da 6 bolívares. No es nada comparado con el esfuerzo que se requiere.

Pero lo peor es el pago, del otro comprador, por el saco de trapos. Me da 4 céntimos por el kilo, lo que me significa un bolívar. El primer día fueron siete bolívares tras escarbar entre los desechos dejados por unos 35 camiones.

Aunque soy primípara en este oficio, mi ingreso al mediodía es parecido al de algunos peregrinos de la basura. El segundo día recojo la misma cantidad de botellas por 5 bolívares. Al siguiente no hay mayor venta porque uno de los camiones de basura se incendia, tras una falla eléctrica, y eso obstaculiza el paso toda la mañana. Apenas recolecto un saco y medio de botellas y medio de trapos. Ingreso total: 2,5 bolívares.

El domingo es un día desolado. Alcanzo a buscar un saco de botellas que dejo al cuido de una señora que apenas conozco. Se llama Lucila. Me cuenta que los domingos no van los chatarreros a comprar las botellas. “Pero tranquila, las dejamos aquí y nadie se meterá con eso, aquí se respeta mucho la mercancía ajena”.

Los chatarreros venden las cargas a las industrias que elaboran mangueras, envases de vidrio y cajas de cartón que están en la Cañada de Urdaneta, el kilómetro 4, El Samide y La Concepción. Es lo que le escucho a Alejandro. El kilo de trapo, cartón y papel lo pagan a 2 céntimos y el plástico a 4 céntimos.

Con Lucila prima una conexión maternal maravillosa. Tiene 12 hijos y dice que ya está cansada de ir al relleno. Yo observo su mirada ausente, tan similar a la de muchos de ellos, siento que no intenta divisar nada. Su curiosidad está apagada. Es como si conciliara definitivamente con el horror.

Con el paso de los días aparece la amistad. Las hermanas Verónica y Yelitza me brindan su confianza. Ellas venden guarapo con limón, avena fría, agua y hielo a un bolívar y arepas con carne y pollo a 1,5 bolívares. Les va bien en el negocio. Recogen entre 70 y 90 bolívares diarios. Tienen una bicicleta para transportar los alimentos. Viven en una invasión cercana que se llama Paraguachón.

Yelitza tiene 21 años y no recuerda exactamente cuánto tiempo hace que va al vertedero, pero dice que estaba muy pequeña cuando fue con su madre. Me cuenta que allí los hombres son “muy pasados. Diremos que somos primas pa’ que no se metan con vos”, idea que resulta muy útil. Su padrastro y otros familiares también están allí y asegura que entre todos me van a cuidar. Son algunos de los protectores que Dios me envía durante mis cinco días en el basurero.

Además de los hombres pasados, en el relleno prolifera la venta de alcohol y drogas. Algunos cumplen sus jornadas inspirados en sus botellas de ron y sus pases de droga que esconden entre los harapos. La botella de ron cuesta 12 bolívares y 3,5 la copita. También hay cerveza a 2,5 bolívares.

En la noche reina el temor. “Da miedo estar acá porque a la gente que viene a trabajar, el consumo de drogas los vuelve locos. Para las mujeres siempre es más peligroso, deben estar en grupos porque si se separan pueden ser violadas y hasta conseguir la muerte”, me relata José, el veterano.

La prostitución no es ajena en el basurero. Una mañana, mientras trabajo, un guajiro se acerca para ofrecerme 20 bolívares. Pregunto de qué se trata y él dice: Bueno, tú sabes, si quieres... Mi rechazo, un poco envalentonado, lo mantiene al margen.

La tragedia, en forma recurrente, hace estragos en este lugar. El pasado 14 de marzo, el niño Gabriel González, de 9 años, murió luego que una máquina pesada le aplastara el cráneo. Al parecer, el pequeño se quedó dormido en medio de la basura tras cubrirse con varias láminas de cartón. Al día siguiente, su inocente cuerpo, silenciado para siempre, fue descubierto entre la montaña de basura.

La mañana del lunes santo, en mi último día de trabajo, se presenta un nuevo conflicto. Los conductores de los camiones de basura paralizan la entrada del relleno buscando que atiendan sus reclamos salariales. Todos los peregrinos se quejan, la situación altera su paciencia. “Ésta es la vida de los pobres, si no suben los camiones perdemos el día y no tenemos ni para los pasajes”, comenta uno de ellos.

Al caer la tarde, yo camino agotada entre las paredes del relleno, en medio de sus muros de desechos, consciente de que mi jornada, entre olores inmundos y seres humanos nobles, está por terminar.

Verónica, como si intuyera mi partida, me invita a su casa, donde nos esperan sus tres niños y Yelitza, que también tiene dos hijos. Hablamos mientras caminamos por una trilla hasta llegar a su rancho de zinc, de unos seis metros cuadrados, sofocado por los soles de abril. Allí está Manuelito, el hijo de Yelitza. Ella le ayuda con sus tareas escolares. Es una imagen hermosa: La de una madre que intenta romper con la herencia del basurero: “No queremos que nuestros niños vayan al relleno, prefiero que estudien pa’ que no sean como nosotras”.


Tomado de diario Panorama, 4 de mayo de 2009.
http://www.panorama.com.ve/09especiales/new-especial/en-la-piel-de/002.html

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2 Comments:

Blogger Lucía Borjas said...

Es un texto sumamente fuerte y triste. ¿Cómo el reciclaje del que tanto le encanta hablar a los medios y a las publi-tendencias verdes, se da con los estratos sociales más golpeados de nuestro país? Es un texto para ponernos a trabajar en el verdadero reciclaje, en una mejora del uso que le damos a los productos, de la división de la basura, de las condiciones de vida de nuestra gente!... y que tanto la gente como nuestro planeta tengamos una vida y un futuro digno

5:58 p. m.  
Blogger Stef's little big world said...

Cronicas como esta me dan la esperanza de que si se puede hacer buen periodismo en el país. Me inspiran a seguir estudiando esta carrera tan viciada por la mediocridad y el amarillismo.

Buenisimo Licda Briceño

4:42 p. m.  

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